lunes 29 de diciembre de 2008

Andrés Caicedo. Episodio II

Especiales de la Emisora Cultural Luis Carlos Galan Sarmiento 100.7 FM stero.

El Satori Creativo.
1969

por Felipe Meneses Ballesteros.


Si el destino para los héroes románticos de nuestra era atómica pudiese cambiar, el 29 de septiembre de este año 2008 Andrés Caicedo cumpliría 57 años de edad. De seguro sería un ilustre escritor, un crítico cinematográfico audaz, un director de cine completísimo, un drogadicto con dos o tres escándalos encima o El Gran Biógrafo de los Rolling Stone… en definitiva, Andrés Caicedo sería un loco muy simpático, sentado en un trono blanco, ancho y limpio… ¡Pero cielos, fue todo lo anterior antes de los 25 años!, ¡Caramba!, si se pudiese retroceder, pero como diría Neruda: “la primavera es inexorable”.

(jumping back Flash - Rolling Stones)

En el episodio anterior, veíamos a grandes y enredados rasgos las circunstancias contextuales que envolvieron el nacimiento de Andrés; veíamos que su época estaria marcada por el surgimiento de nuevos poderes en el mundo: EEUU y la Unión Soviética emprenden una carrera armamentista conocida como la Guerra Fría, y bajo este marco impulsan -entre muchas otras cosas- los medios masivos de comunicación que terminarían radicándose en la sociedad de la época, marcándole un cambio definitivo hacia otro destino (una ida sin retorno.)
Mientras Andrés cuenta con escasos 4 años, el espacio es ya invadido por los primeros satélites artificiales. A Colombia llega la televisión gracias al esfuerzo de un par de técnicos cubanos, mientras el general Rojas Pinilla trata de controlar la violencia bipartidista, clásica en el país.
Ese nuevo aparatejo mágico que sería la televisión le daría trabajo no sólo a técnicos, sonidistas y luminotécnicos, sino a los pocos actores nacionales y extranjeros que estarían trabajando en la formación y consolidación del teatro colombiano de los años 50, esos mismos que más tarde (descpuntando los años 60) realizarían los festivales universitarios de teatro: En Cali, de la mano de Enrique Buenaventura y Fanny Mickey (Director y Actriz del llamado TEC - teatro experimental de Cali-) se consumarían los primeros festivales de arte de retaguardia, es decir: mientras el gobierno de turno organizaba festivales oficiales, un grupo de jóvenes obsesionados por cambiar el mundo organizaban festivales alternos que se conocerían en la época como “Festivales de retaguardia” En varios de esos festivales Andrés Caicedo, con 15 años no muy tiernos, 15 años más bien lúcidos y desajustados, participaría como director, actor y dramaturgo de varias piezas de teatro, entre las que se destacan “Las curiosas conciencias” y “En la piel de otro héroe”, por sólo nombrar 2 de las 7 piezas de teatro que escribió, actuó y dirigió, y otras tantas que adaptó como “La cantante calva” y “Las sillas” de Eugineo Ionesco; todo antes de los 17 años de edad cuando se estaba graduando de bachiller del Colegio Camacho Perea en 1968. Es también la época en la que se vincula como actor en el TEC y entra al grupo de teatro Los Dialogantes, donde estaría también el autor de uno de los retratos más elaborados acerca de la violencia Colombiana de los años 50: el libro “Cóndores no entierran todos lo días” del (en ese entonces jovencísimo) Gustavo Álvarez Gardeazábal.
Decíamos en el episodio anterior que sería el teatro la primera manifestación artística que Andrés Caicedo tomó para expresar de formas diferentes la angustia que lo devoraría por dentro desde los 12 años, esa que lo llevó a pensar que a los 26 se acababa la genialidad. Esa etapa estaría atravesada y sustentada por su cuento “Infección”, cuento que escribiría a los 15 años de esdad. Este relato es un grito de odio y desacomodo frente a una sociedad que ve la decadencia de todo, sin intentar hacer algo. Ese nihilismo estaría presente en los personajes de sus piezas dramáticas, como en la obra “Los imbéciles están de testigo”, una farsa realista que se mueve entre los pensamientos racionales de Pedro y las intervenciones imaginarias, pero venenosas, de Pablo, personaje angustiado que trata de cambiar la rutina, pero no puede.
Esa etapa teatral no sería retomada por Andrés nunca más y pasaría de brillante actor, de intenso director y de escritor subversivo a prolífico escritor de narrativas sólo para jovencitos, encerrándose en 1969 (a los 18 años de edad) en el cuarto de su casa, con uno que otro de los primeros discos de los Rolling Stone; desconecta el teléfono para no ser interrumpido por los amigos que desde esa época lo apodan “Pepito metralla”, porque no deja de teclear su máquina de escribir Remington ni siquiera en las fiestas, donde ponía el aparato mecanico entre las parejas que bailaban, por que él seguía dándole a su olivetti, siempre. "hay que morirse, pero hay que dejar obra”, decía Andrés, y esa sería una palabra importante para él: la obra.
De esta forma le damos la bienvenida al segundo episodio dedicado a la vida de Andrés Caicedo, éste es parte del satori creativo de 1969.
(Word of the Bird - Full Metal Jacket)
1969 comenzaría con los fuertes ecos de los levantamientos juveniles, pues de 1968. Por un lado, en México masacran con Balas Oficiales a varios estudiantes que se pronunciaban políticamente en La Plaza de Tlatelolco, mientras la capital, Cuidad de México, se preparaba para recibir a las delegaciones de deportistas de muchos países que llegarían para celebrar los juegos olímpicos de ese año; y por otro lado, en Francia, el presidente De Gaulle presenciaría el tope de la crisis que el país sufría por esos años. En mayo, varios estudiantes de la universidad de la Sorbona protestarían por las políticas internas de la universidad, pero poco a poco los manifestantes rebeldes de esa juventud idealista tomarían largo alcance cuando se sumaron a los postulados filosóficos universitarios las centrales obreras, los sindicatos y demás franceses inconformes. Eso provocó un estallido general que proclamaba un cambio en todo el país, y luego, un cambio en todo el mundo; es de anotar que para ese entonces el rock tendría a lo sumo 20 años de estar oficialmente dentro de la lista de cosas que formarían las bases para el deterioro de nuestra generación; me refiero a que el nacimiento de la guitarra eléctrica y su forma de tocarla, además de las letras que componían un par de desajustados contribuiría al cambio repentino de la sociedad de los años 50 a los años 70, retratando la juventud como nunca ningún otro movimiento cultural lo habia hecho. Esta época es la primera -en todas las edades del mundo anteriores- en que hablar de juventud es gritar Rock, porque en esos tiempos ya no era Oliver Twist el símbolo de una niñez corrompida, sino Elvis Presley, James Dean y Marlon Brandon con sus peinados de mamotréticos copetes y sus chaquetas de cuero, que lucian montados en zendas motos Harley Davison que simbolizaban la juventud que pronto se estrellaría con orgullo en uno que otro murito de contención oficial, ¡pero qué más da!, rico, porque morir joven significa vivir intensamente para dejár un bonito cadáver que devore cualquier periodico sensacionalista.
Serían los Rolling Stone y la pandilla Drogui de Alexander DeLArge (de la naranja mecánica escrita por Anthony Burgess) los que hablaran de juventud en todo el sentido de la palabra. Sería la reafirmación de la identidad de la juventud frente a un mundo que olía a viejo y se veía gastado con tantas normas ortodoxas y cortes de cabello demasiado varoniles. Entonces, los ecos de la revolución retumbarían en todo el globo terráqueo, armonizados con guitarras eléctricas desafiantes, y voces no aptas para recepciones de salón, té y galletitas, sino gargantas que sin técnica -pero con mucho coraje- le cantaban al universo para proclamar (con la boca llena de papas) que libertad es otra forma de decir que no hay nada más que perder.
Así empezaría 1969, año en que, gracias a la televisión, el mundo presenció cómo EEUU no desmeritaba esfuerzos para contunuar con su tradición de pisotearlo todo (incluso la Luna) Año del gran festival de Woodstock contra la guerra de Vietnam y al favor de la paz y el sexo libre. Pero más allá de estos postulados, Andrés Caicedo, encerrado desde muy tempranas horas de la mañana, no pensaba en nada más que en forjar su obra, crear su propio universo, darle vueltas a sus propios caprichos y tratar de acumular la mayor cantidad de escritos, películas vistas y obsesiones varias para llegar bien armado a la muerte (como recordaría uno de sus amigos póstumos el maestro Sandro Romero Rey). Andrés escribía compulsivamente críticas cinematográficas para los periódicos El País, Occidente y El Pueblo mientras adaptaba obras de teatro; incluso se le llegó a conocer una extensa adaptación de Gordon Pym de Edgar Allan Poe, que nunca llegó a concluir, pero que inició y desarrolló. Escribe además uno que otro poemita de algunos arrepentimientos varios, pero lo más interesante es la compulsiva escritura y re-escritura y re-escritura de los textos que conforman su colección de cuentos “Calicalabozo”, donde consignaría las angustias de la juventud caleña que estaba próxima a perder el rumbo por la rumba; retrataría la generación de cientos de muchachitos de podrían ser geniales, pero los imposibilita su destino, que, como diría Kafka, “en nuestro mundo, no puede ser más que un triste destino”.
(Careful With That Axe, Eugene - Pink Floyd)
Hablemos pues de la estructura literaria que le daría a Andrés el sello propio de un escritor de peso, que dejaría una profunda grieta en la llamada “Literatura oficial colombiana”. Calicalabozo contiene gran parte de las obsesiones temáticas que tanto martillaran la cabeza del autor, elementos que, no en vano, terminarían llamándose “El universo Caicediano”, a ver si lo podemos explicar de una forma sencilla: Andrés Caicedo, el escritor, fabula un espacio citadino a partir de la ciudad de Cali donde viven y mueren los jóvenes de diferentes calidades, que tienen como común denominador un destino fatal. Decíamos en el episodio anterior que la capital del Valle del Cauca es una de esas ciudades tipo Transilvania, donde puede pasar de todo, y es que las historias violentas ocurridas en la ciudad en épocas remotas son tan increíbles como espeluznantes, son tan sangrientas como ciertas, y esto hace que el ambiente de la ciudad se cubra de nubes pegajosas, donde el horror puede estar simplemente a la vuelta de la esquina; Cali: ciudad de habitantes extraños, desde caucásicos, pastusos, aborígenes y representantes de la raza negra, hasta extranjeros que desembarcan todos los días por el mar pacífico Buenaventura; tierra que alberga cantidad de climas y paisajes diversos, desde valles hasta ásperas montañas, y esto da esa sensación de encierro de la que tanto habla Andrés a través de sus personajes.
Todas las historias de ficción Caicedianas parten, dependen y se inscriben en la ciudad de Cali, ciudad que está retratada una y otra vez. Los personajes caicedianos serían los primeros testigos del cambio de pueblo a ciudad con edificios altos y pomposos, carros de diferentes marcas, electrodomésticos y demás desdichas; estos personajes serían los actores de los acontecimientos que determinarían el rumbo de la ciudad. Porque ante tanta modernización, ante tanto cambio, la ciudad se respiraba más joven, más delincuencial; en esa época llegaría el rock n’ roll para sacar a bailar a las jovencitas, que desde hace rato se sentían atractivas y altamente sensuales y querían mover su cuerpo luciendo atuendos cada vez más cómodos, y claro, los muchachos no se quedarían atrás, y luego, la rumba brava llegó para perder el rumbo, o simplemente rallar en la noche. Esa era la ciudad, que por su condición de puente económico de mercancías, de importaciones y exportaciones de todo tipo y demás acciones que solo le competen al capital, encerrarían a la juventud en medio de un desenfreno que terminaría en despiporre, y al día siguiente, en arrepentimiento.
Ese es el espacio donde transcurre la acción de los personajes caicedianos. Ahora: estos personajes son un grupo de amigos que viven la misma época, y, no por equivocación, todos son alumnos de plantel educativo, donde se cursa primaria o bachillerato, todos son estudiantes; estos jovencitos según palabras del autor "escogidos como primeras víctimas de la decadencia de todo", sienten que su destino es un destino fatal, todos tienen algún tipo de cucarrón que los come por dentro, algo que ruge por ser expulsado para detener el veneno, pero es que nunca se puede. Las razones de ese malestar, de esa desesperanza, en casos particulares puede ser la ciudad, entonces los personajes optan por el encierro en sus habitaciones; en otros casos es el desamor, entonces los personajes asumen otro tipo de encierro, el del recuerdo y lo abandonan todo para buscar la tranquilidad, que casi siempre llega en forma de muerte definitiva o simplemente de forma lenta y voluntariamente asumida, porque el encierro implica una soledad profunda, un sufrimiento intenso, pero también un calorcito rico en la espalda que brinda seguridad y confianza; parafraseando al gran Julio Cortázar diríamos que “esta literatura es violentamente dulce”. Así tenemos que los personajes sufren y padecen las observaciones hechas por Andrés mientras estaba consciente, y a esto me refiero a que todas sus obsesiones temáticas fueron, de cierto modo, desarrolladas por sus personajes, que en principio fueran el mismo. Y si tenemos una ciudad como espacio común y un grupo de amigos que experimentaban en compañía o a solas ese mismo horror que era la vida, es apenas lógico que dedujéramos que Andrés se dedicó a escribir una sola suerte de aventuras. Así tenemos que en gran parte de los personajes principales de los cuentos de la colección “Calicalabozo” se encuentran como personajes secundarios en otro relato, teniendo así puntos de vista diferentes de una misma situación vivida por los personajes, que siempre cuentan su historia en primera persona. Esto es bien interesante, esto lo desarrollaremos más adelante cuando entremos a desenmarañar (en planos generales) los cuentos que conforman la colección. Esta técnica narrativa se vería también en un escritor americano dedicado a escribir relatos policiales y novela negra: el señor Raymond Chandler. Este escritor puso un término a su conducta literaria y esta sería “Canibalismo”, es decir, alucinar un mundo desde varios puntos de vista cruzando los universos de los personajes en momentos exactos, en espacios exactos que generarían, como pasa en la vida real, múltiples miradas de una misma situación; esta técnica además consiste en alimentar textos con otros textos escritos años antes, y en ese sentido damos un ejemplo concreto: El cuento “Berenice”, de Andrés Caicedo, está inspirado en un cuento que se titula de la misma forma escrito por Edgar Allan Poe tiempo antes de su muerte. Allí ya tenemos un primer mordisco caníbal, y es el hecho tomar recursos temáticos tratados incluso por otro escritor, pero sigamos: Aunque su tratamiento es distinto, la acción de arrancarle los dientes a una persona se hace relevante y similar, este texto que pertenece a esta etapa de encierro de 1969 es canibalizada por el mismo Andrés en un relato escrito en 1971 titulado “Angelita y Miguel Ángel” (segundo cuento de la trilogía angelitos empantanados). Eso nos da un universo corrompido por otros personajes que esta lejos de volverse tedioso, porque cada vez que Caicedo toma un mismo tema lo re-escribe con elementos nuevos y frescos, haciendo un interesante cambio de valores. Este cuento “Berenice” es un recorrido por un amor tan sincero como retorcido. Este es el argumento: tres compañeros que están terminando undécimo grado conocen el amor que vende por 25 pesos una hermosa prostituta en el centro de Cali; este descubrimiento de la mujer como fuente de amor y placer trae el desequilibrio a vidas de los muchachos; pero en este caso la muerte llega a la mujer en una forma atroz que el lector no sabrá juzgar a primera vista, porque es relatada dulcemente por el asesino de la siguiente forma:
“no sabemos a qué obedece tu presencia, pero estás allí, amor, totalmente desarraigada de lo que nos rodea, estás allí solamente para que podamos amar, dispuesta a nada más que a nuestros cuerpos pataleen enfrascados en el tuyo y se revuelquen por turno o a un mismo tiempo en tus entrañas dulces y jugosas, y ya lo ves, estamos hablando de ti nuevamente, sabiendo que no se puede, que es imposible, pero no importa, nada importa, si total, hundimos la cabeza entre tus senos y chupamos tu pelo como si fuera apio, humedecemos íntegra tu piel para mordisqueara así, para sentirla dentro o debajo o encima de nosotros. Adivinamos lo que está diciendo tu cuerpo cuando tus rodillas nos golpean, nos maltratan en su orden de que convirtamos todo lo que te pertenezca en una hermosa masa líquida, y veremos nuestras caras, retratadas allí donde sabes que está la palabra felicidad escrita de la manera más desconocida”.
En este cuento tenemos una extraña y simpática curiosidad, la locución del relato es alternada por los tres personajes sin que lo advierta el lector en primera estancia, así el lector conoce los tres puntos de vista totalmente diferentes de los personajes en mención; la única que no tiene voz es Berenice, personaje que constituye un magnífico misterio como son todos los personajes femeninos de Andrés Caicedo, esta particularidad hace parte de la estructura literaria de Caicedo, cosa fascinante que no tendría escritor alguno que la sobrepase.
Esta trampa o habilidad narrativa también la encontramos en un relato de este mismo satori creativo de 1969 en el cuento “¿Lulita, que no quiere abrir la puerta?":
“Si ahora me abre la puerta, Lulita va a contarme lo que se le olvidó decirme ahora que hablamos por teléfono, ¿será que están sus papás?, ¿será por eso que no abre? Fue que oyeron que yo timbraba y la enceraron en su cuarto, se le fueron encima y le tiraron la puerta y le dijeron te vas a quedar callada, vas a esperar hasta que se aburra y se vaya, que no queremos que entre. ¿Será que Lulita me está haciendo señas por la ventana? Voy y me asomo a la ventana de su cuarto, pero no la veo. ¿Parece que su cuarto está vacio? La habrán encerrado en el armario, ¿entonces? ¿Toco bien duro la puerta? Le doy cuatro golpes con el puño cerrado. La puerta, de metal, suena como un goooooooooong. Debe estar sola, pero está durmiendo y no me ha oído. Si toco otra vez seguro que me oye. Que se despierte y sonría, seguro que no está desnuda, no, está con una camiseta y un blue jean, y así va a bajar corriendo las escaleras para abrir la puerta de un tirón, y sus pequitas brillantes me dicen que entre. ¿Cómo?, ¿es que no están tus papás en la casa?, ¿no están tus papás, en la casa o qué? … No, no hay nadie, estoy sola”.
De ese cuento escuchamos una interpretación que hace el personaje masculino del encuentro con su novia Lulita, encuentro que él tanto ansía. Entonces, despues de despertar corre al apartamento de la chica y toca a la puerta esperando a que abra (y ojala este sola.) Pero ella nunca abre. Entonces la acción transcurre entre las fabulaciones que tiene él de lo que podría pasar si los papás de Lulita no estuvieran en casa. inventa comentarios que podria hacer ella respecto a él, y recuerda algunos encuentros anteriores. Al final de este relato sabemos que es un sueño del protagonista, pues nunca se ve con Lulita. Este personaje femenino, Lulita, es la mejor amiga de Angelita Rodante, una de las más hermosas chicas que la ficción de Andrés Caicedo pudo arrojar y que conoceríamos como protagonista de la saga de cuentos “Angelita y Miguel Ángel” escrita unos años más tarde. Este cuento, Lulita, además contiene una particularidad tal vez inspirada en la herramienta literaria utilizada por Anthony Burgess para elaborar el lenguaje de los personajes de la Naranja Mecánica, en este relato, Caicedo re-elabora algunas palabras, interviene el orden de las sílabas, y así, en vez de decir “estar dormido”, el personaje dice “tirar mirdo”, y por ese estilo hay más cosas; esto detona en el personajes una actitud muy juvenil, que es estar re-inventado lo ya conocido, sobre todo el lenguaje, como si la creación del lenguaje a parte del que tienen los adultos se tratara. En este punto es importante hablar de un aspecto común en todos los cuentos de Caicedo: la mayoria de sus personajes comienza su relato desde que se levanta de la cama, luego camina hacia la ventana (no sin algo de dificultad) siempre añorando volver a la cama, luego inicia toda suerte de reflexiones acerca de la ciudad, y luego sale a la calle. Si es uno de estos personajes que está en encierro voluntario recordará el por qué decidió encerrarse, y eso implica contar la última vez que salió, pero si es un personaje que no está encerrado, iniciaría una travesía por la ciudad. En estos recorridos hay casi siempre una fiesta donde están esperando al personaje, o de donde lo sacan, o por donde pasa simplemente. Y finalmente el relato se desborda en un pasaje de horror ulterior hacia toda clase de cotidianidades porque “Cali es una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados”.
(Guns Guns Guns - The Who)
“Qué hubo, le dije yo, y ya estaba rodeado por todos su amigos, hasta que él dijo bueno jóvenes aquí me quedo yo. Ellos se fueron después de despedirse entre risas y él se quedó mirándome y me dijo qué más hermana poniéndome su brazo en el hombro. A dónde vamos, dijo. Vamos a dar una vuelta por allí, le respondí. Caminamos sin conversar hasta que llegamos a la orilla del río Cali, y allí me besó por primera vez, y yo tuve que atajarlo para que no fuera tan rápido porque podía venir gente, ¿no? Cómo que rápido, si antes es que nos estamos demorando mucho, y diciendo eso me besaba en la nuca y este era el momento que había esperado y comencé a acariciarle el estómago como yo únicamente lo sé hacer. No sé cómo hizo, pero allí mismo me metió una zancadilla del tamaño de Cali, y fui a dar al suelo de lo más feo y ya lo tenía encima, y todo eso sin ver si venía gente. Pero yo no quise pensar en nada, pues todo iba muy bien y muy rico hasta que él metió la mano debajo de mi falda sin que yo pudiera evitarlo. Entonces quedó paralizado. Pero antes de que yo reaccionara me levantó agarrándome de los hombros y me arrancó la blusa y sacó los papeles y algodones gritando que su vida era la más puta de todas las vidas, y dándome patadas en los testículos y en la cabeza hasta que se cansó. Cuando se fue, no sé si estaba llorando o se estaba riendo a carcajadas. Como ya dije, mi vida está ya lo suficientemente organizada para que venga él a estropearlo todo, sobre todo que me lo encuentro a cada rato por las calles de Cali, pero lo bueno es que siempre anda solo, por eso el asunto puede remediarse relativamente fácil. Y si no puedo, pues tocará ir pensando en pegar pa’ Medellín o para Bogotá o para Pereira, inclusive, pues en esta ciudad las cosas se están haciendo cada día más difíciles”.
Teníamos un fragmento de la historia “Besacalles”, la historia real de un habitante de Cali, un travesti que moriría en extrañas circunstancias. En este cuento vemos la inclusión del cine de mano con la violencia, que será la protagonista de la historia de muchos personajes, y en la historia misma de Cali. Este cuento relata de forma asombrosa los andares de un habitante nocturno de la ciudad que es violada por una pandilla al principio del cuento, las cosas se dan de forma turbia, excepto por la fijación que tiene la chica por un pelirrojo que le fascina y sobre todo la llena de calma; un día, por fin lo encuentra y lo retiene, se lo lleva a la oscuridad que ofrece la orilla del río Cali para pasarla sabroso, pero el pelirrojo descubre que es un travesti, y no escatima esfuerzos para golpear sus testículos, estómago y cabeza, pero nuestro personaje (muy Caicediano), aún después de tamaña golpiza continua con su destino fatal.
(Gomper - Rolling stones.)
Esa inclusión del cine como un punto común en las obsesiones de lo personajes haría parte de un gusto, o más bien una aberración –digamos-, muy particular del autor, su obsesión por el séptimo arte: Hitchcock, Buñuel, Roger Corman, Bergman, Billy Wilder, Truffaut, Polanski, Nicholas Ray, John Houston, Chabrol o el enigmático Leonard Caster; son algunos nombres que bordean el gusto cinematográfico de Andrés; nombres de actrices, de directores, de festivales, de títulos de películas de western, vampiros y rebeldes juveniles europeos, nacionales y americano: todo el cine que se pudiese consumir, pues como decía Andrés: “como es un arte joven, debe ser posible consumírselo todo”.
En los cuentos “El espectador” y “Los mensajeros” de 1969, cuentos escritos en esta etapa de satori creativo, Andrés daría sus primeras inclusiones de la historia del cine en una ficción idealizada por él y para él. Ese era el método que tenía (cual vampiro) de saborearse el film que, minutos antes, se había engullido sentado en una butaca frente a una pantalla, estos cuentos son protagonizados por los más auténticos retratos de la soledad. En el primero: un espectador de cine enfrenta la curiosa necesidad de entablar diálogo con una persona cualquiera acerca de la película, entonces este hombrecito se da a la búsqueda de alguien y cuando lo encuentra, lo recibe con un puñetazo que marcaría la vida de este espectador que recorre, todavía solo, los cineclub de Cali sin encontrar alguien con quien hablar. Y en el segundo cuento, Andrés alucina una Cali que se convertiría en una ciudad productora de grandes cantidades de cine, se formarían los Estudios Cinematográficos del Río y harían, nada más que, 45 películas por año, contando con equipos, técnicos, actores, actrices y directores venidos del extranjero después del fracaso de Hollywood. Esta ciudad llamada Caliwood está dotada de una vida bastante especial; quien nos cuenta la historia es una famosa actriz de ese cine que tendría su auge en la época dorada de Caliwood, pero que ahora, olvidada por todo el mundo, espera melancólica el retorno de los directores que la hicieran grande en épocas anteriores, pero el destino, que es inexorable en una ciudad como Cali, mantendrá a estos personajes con la infinita pesadez de la soledad, siempre.
(Eleonor Rugby - The beatles.)
Bueno, pues esto en realidad sería un abrebocas para el universo Caicediano, pues el tiempo nunca es suficiente y este ya se nos acabó, así llegaríamos al final de este segundo especial, los esperamos el próximo domingo de 4 a 6 por el tercer episodio de 4 que el colectivo de Las Piedras Rodantes diseñara a propósito de la convocatoria abierta para el taller de montaje, de una de las piezas de teatro del escritor caleño Andrés Caicedo.
que tengan ustedes una feliz tarde.